La adaptación de sistemas forestales al cambio climático

21 de Junio, 2018

La adaptación de sistemas forestales al cambio climático

SOBREVIVIR AL CLIMA

En el INTA Tandil investigan caracteres clave relacionados con la tolerancia al estrés hídrico y heladas en distintas especies forestales. Como estrategia para aumentar su adaptabilidad proponen una silvicultura por ambientes y una genética mejorada.

Los pronósticos de cambio climático indican un aumento de la variabilidad climática que ya se vislumbra en la actualidad, con una mayor frecuencia de eventos extremos. Esto sucede tanto en la disponibilidad de agua -anegamientos y sequía- como en las temperaturas mínimas y máximas. Todos los sistemas naturales y productivos se ven afectados, en mayor o menor medida, por condiciones climáticas adversas.

Sin embargo, en sistemas dominados por especies herbáceas, los mismos persisten a través de nuevos individuos que se generan año a año, cuando las condiciones lo permiten. Mientras que, en sistemas dominados por especies longevas como los árboles, los mismos individuos deben crecer y sobrevivir a la fluctuación climática a lo largo de su vida.

Para ello, necesitan contar con mecanismos intrínsecos para crecer en condiciones estresantes, que hayan surgido como producto de la historia evolutiva de la especie -proceso de adaptación- así como con la plasticidad para modificar su estructura y función de acuerdo a las nuevas condiciones ambientales imperantes -procesos de aclimatación-.

“Al hablar de adaptación al cambio climático por parte de sistemas forestales, o, de aumentar la ‘adaptabilidad’ de los mismos, nos referimos a conocer qué posibilidades tiene una especie de sobrevivir y producir adecuadamente en las condiciones cambiantes de clima que caracterizan al cambio climático”, indica María Elena Fernández, bióloga e investigadora del CONICET en la Agencia de Extensión Rural (AER) INTA Tandil.

Aumentar la adaptación al estrés de los sistemas forestales “implica contar con una estrategia integral que apunte a una silvicultura por ambientes y una genética mejorada, teniendo en cuenta este criterio”, precisa.

Aumentar la adaptación al estrés de los sistemas forestales requiere una silvicultura por ambientes y una genética mejorada.

En el país “se hace más visible la necesidad de trabajar en este sentido”, dado que aún no se cuenta con semillas o clones mejorados comerciales que hayan sido seleccionados por su mayor resistencia a estrés hídrico o heladas. Especialmente cuando se producen eventos “de mortalidad masiva de bosques naturales o de plantaciones, aún en ambientes no caracterizados por el déficit hídrico”, dice la investigadora, quien junto a Javier Gyenge, biólogo e investigador del CONICET en la AER Tandil, aportan conocimientos a los programas de mejoramiento genético del organismo en aquellas especies de interés forestal para el país.

“Esperamos que, en un futuro no muy lejano, se apliquen los conocimientos que estamos desarrollando para la selección basada en criterios de adaptación a estrés”, indica Fernández, ya que se conoce sus implicancias en productividad y propiedades de la madera. 

La estrategia general que utilizan es entender los mecanismos de respuesta de los árboles a los eventos climáticos extremos como sequía, inundaciones y heladas; también, desarrollar herramientas de fenotipado de caracteres clave para analizar la amplitud de la variación genética y de la plasticidad fenotípica de los mismos dentro de las especies y su heredabilidad.

Sus aportes surgen de líneas de trabajo en Ecofisiología y Ecohidrología -subdisciplinas de la Ecología- para estudiar la influencia del ambiente sobre las plantas. En este caso, los estudios involucran el manejo de árboles para producción de madera y la influencia de los sistemas vegetales sobre los recursos hídricos de un lugar. Se trata de investigaciones que llevan adelante como un nodo de una red de trabajo con distintos grupos de INTA, el Ministerio de Agroindustria, universidades nacionales y especialistas extranjeros de Francia y España, entre otros.

Con la genética no alcanza

Para Fernández no es suficiente contar “con buena genética”. También debe aplicarse “una silvicultura sitio-específica que tenga en cuenta que el árbol va a tener que resistir, al menos, uno o más eventos de estrés a lo largo de su ciclo de vida”, apunta.

Y si bien para la mayoría de las especies “conocemos cuáles son los mejores sitios potenciales”, el problema se presenta en regiones donde la actividad agrícola-ganadera es preponderante, ya que en esos sitios “sin limitantes edáficas y microclimáticas se compite con la agricultura”, admite y agrega: “Por lo tanto, los árboles se instalan siempre en sitios con algún tipo de limitante ambiental”.

Definición que apoya la idea de no plantar en cualquier sitio. “En muchos casos, cuando no se lo hace con un criterio comercial, se planta en el peor sitio del campo donde no se puede hacer ‘nada’ productivo”, aclara.

En tal sentido, considera que a estos ambientes es preferible dejarlos como sitios prístinos, donde se desarrolle la vegetación natural. Aunque hay situaciones en “las que se plantan árboles para la recuperación de suelos muy degradados, por sus servicios ambientales. En estos casos, no hablamos de un destino comercial maderable”.

 

Adaptación

Para aumentar la adaptabilidad de los sistemas forestales, es decir, hacerlos más resistentes y resilientes a eventos climáticos adversos, pueden aplicarse distintas estrategias alternativas o complementarias. Entre ellas se destacan cambiar especies por otras más tolerantes, así como dentro de una especie seleccionar genotipos naturalmente más adaptados a estas condiciones. También, modificar el manejo silvícola y cambiar los sitios de implantación de las especies.  

Como ejemplo, Fernández señala la implantación en suelos más profundos que permitan amortiguar los efectos del déficit hídrico, pero, también, “manejando los rodales de manera de disminuir los impactos adversos del clima, aumentando la disponibilidad relativa de recursos a los individuos remanentes”.

En esta temática, trabajan en varias especies de eucaliptos, algarrobo blanco y en ciprés de la cordillera. Cuentan con estudios más puntuales acerca de la respuesta a estrés en sauces, álamos, especies de arbustos nativos del monte mendocino, especies latifoliadas nativas de los bosques andino-patagónicos, y en especies de coníferas que se cultivan en Misiones o Patagonia Norte.  

Los árboles como mitigadores del cambio climático

Desde la Agencia de Extensión Rural se han integrado en una línea de investigación sobre la cuantificación de secuestro de metano en suelos forestales, perteneciente al grupo de Físico-Química Ambiental de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires, dirigido por Paula Juliarena.

En esta tarea, realizaron mediciones en pinares de las sierras de Tandil (Pinus radiata), en situación densa y rala, y en eucaliptales en Balcarce (Eucalyptus globulus), con distinta densidad y cobertura herbácea en el sotobosque.

“En ambos casos, comparamos con pastizal natural o naturalizado y agricultura, donde se mide de manera periódica en el tiempo porque es una variable dinámica”, detalla Fernández.

“Los sistemas forestales secuestran más metano que los herbáceos y, dentro de éstos, los pastizales más que los suelos sometidos a agricultura” (María Elena Fernández).

La existencia de pocos antecedentes en el mundo “indican que los bosques realizan cambios en las propiedades del suelo, como su porosidad o contenido de agua promedio, que favorecen la aereación y difusión de gases para el desarrollo de bacterias metanotróficas, es decir, que consumen metano, en comparación con sistemas herbáceos”, reconoce.

En ese sentido, la magnitud de los cambios depende de la especie forestal, historia de la misma -edad, densidad, fuegos e intervenciones-, del clima y microclima y de las características del suelo - textura y densidad aparente-.

De acuerdo con los resultados obtenidos hasta el momento, tanto en pinares como en eucaliptales, “los sistemas forestales secuestran más metano que los herbáceos y, dentro de éstos, los pastizales más que los suelos sometidos a agricultura”, concluye.

A esta línea se suma un nuevo proyecto complementario donde evaluarán el rol de los sistemas arbóreos en la dinámica de distintas fracciones de carbono en el suelo en ambientes que van desde Misiones hasta Patagonia Norte. De este modo, aportarán información sobre la capacidad de estos sistemas -en interacción con suelo, clima y manejo- de secuestrar carbono más o menos permanentemente en el suelo y en biomasa aérea.

En conjunto con las mediciones de metano, se contribuirá a la cuantificación del aporte de los sistemas forestales a la mitigación de emisiones de gases de efecto invernadero.

 

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